Pasó un tiempo hasta que entendí la diferencia entre las 3 position: relative, absolute y fixed. No fue hasta un curso de Diana Aceves donde vi con claridad quién se posicionaba respecto a quién, y lo más importante: por qué. Ahí me di cuenta que mi relación con el CSS ya era de amor puro, porque hasta ese momento no entendía del todo cómo funcionaba CSS por dentro. Y esto tiene una razón.

Cuando comienzas a tocar CSS parece simple y de fácil entrada, y lo de entrada fácil es verdad, porque con sólo un navegador puedes seleccionar un elemento y empezar a ver en vivo y en directo qué pasa si cambias una propiedad por otra. Y todo esto con una simple tecla, para arriba o para abajo. El navegador ya te ayuda desde ese momento diciéndote qué opciones hay y vos ves al instante cómo se produce ese cambio en la página.

Todo parece idílico y sumamente hermoso, ¡ya sé montar páginas web y que queden algo bien! ¡esto quiero hacer en mi vida!. Ya. Luego te metes de verdad en el mundillo y te das cuenta la enorme complejidad que hay detrás de una buena estructuración de estilos y de que lo que en un instante puede parecer que cuadra con lo que tenías en mente, luego al agregar un elemento puede romperse por todos lados.

Lleva tiempo, golpes contra la pared y un sinfín de lecturas y pruebas entender por qué sucede eso, cómo es que posicionan los elementos, cómo funcionan los márgenes, por qué el responsive es tan importante, y cómo no centrar elementos moviendo 10px por aquí y 15px por allá.

Pero que querés que te diga, cuanto más me adentro en el mundo del CSS menos cosas quiero perderme de él. Me tiene locamente enamorado y me parece un lenguaje bellísimo para aprender. Aunque uno coquetea con términos como Front-end developer, UI developer o como quieras decirle, en el fondo soy una persona que quiere estar tocando CSS todo el día y que se siente agradecido por estar trabajando con él.

¡Larga vida al CSS!

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